Dónde nos llevan los pies de los niños muertos (columna semanal nro. 32)

La vida es vida desde que dos células se unen para formar un nuevo ser humano.

Una madre que gesta vida considera un hijo tan suyo desde el día uno en que reconoce su mágica estadía en el cuerpo.

Sentir la muerte de un hijo durante el embarazo, en cualquiera de sus trimestres, en el parto o al poco tiempo de haber nacido, es una experiencia de las más dolorosas, inexplicables e inesperadas que una mujer puede vivir. Duele tanto el alma en ellas, que el dolor físico por el parto o cesárea no molesta.

Todos los planes caen y queda un vacío que jamás será llenado, un futuro que no llegó.

Además de esta terrible escena, los aspectos legales en Venezuela no son favorecedores para sanar la herida. A Mariana no le entregaron el cuerpo de su bebé muerto de seis meses de gestación, no pudo verlo, no pudo despedirse y mucho menos darle un espacio de sepulcro. Ella carga con el peso desde entonces.

A Marcia sí le entregaron a su bebé de 5 meses y lo enterró, le puso nombre. Sin embargo, no hay registro alguno que avale su existencia.
En Argentina, desde hace algunos años, se firmó la petición para una Ley de Identidad para bebés fallecidos en el vientre materno y va ahí, trastabillando con pequeñísimos avances.

Ahora bien, para Venezuela, este es en un momento crucial, por la reforma de la Carta Magna con la ANC, punto de inicio para solicitar que se aten los cabos sueltos existentes y las deudas pasadas, es momento que se respete la vida desde su concepción tal y como lo refieren los derechos del niño.

Se solicita al Estado Venezolano: que se les expida un certificado de existencia o como les parezca llamarlo, donde puedan colocarle nombre a ese ser humano, y que se les pueda otorgar el cuerpo para ser enterrado.

Que sean tratados con total respeto, porque la vida intrauterina no es menos importante que la vida en el exterior del seno materno.

Qué injusto es para una madre ver crecer esa luz en su vientre y que le sea arrebatado, sin más ni menos, arrastrar la pena de no haberse despedido y vivir, como diría Silvio Rodríguez:

“Dónde pongo lo hallado, en las calles, los libros, las noches, los rostros en los que te he buscado…

… qué le digo a la muerte, tantas veces llamada a mi lado, que al cabo se ha vuelto mi hermana. Qué le digo a la gloria vacía de estar solo”.

Esta es una lucha, una lucha a favor del espacio justo que la vida merece.

Esta es una súplica, para quienes han vivido la terrible sensación de perder a un hijo tan suyo, aunque no lo hayan tocado con la epidermis.

Esta es una rabia, para que se reconozca cada ser vivo, si así su madre lo requiere.

Este es un lamento, un grito profundo, uno que muchas echan hacia adentro, porque la sociedad no comprende el dolor de una madre cuyo niño legalmente no llegó a ser y se tapa los ojos ante él.

Queda la tarea de llevar los pies de los niños muertos al lugar digno que la vida les adeuda.

Daniela Primera Hermán

Lea este artículo en la página web de Ciudad CCS

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